Pedaleo. Pedaleo contra el viento de este noviembre húmedo y grisáceo. El pedal derecho está casi roto, pero no ceso en mi empeño y continúo mandando fuerza al mecanismo que me impulsa.
La bicicleta traquetea. La rueda de atrás tiembla y el caucho negruzco roza contra el metal del chasis lanzando un ruido monótono bastante desagradable. No importa, sigo pedaleando contra este año maldito. Me levanto sobre el sillín y me lanzo por una pendiente que desciende. La rueda parece que va a salirse. A la mierda con todo. Me causa indiferencia el dolor que podría producirme una caída. ¿Cuándo me estrellaré contra el cemento y a qué velocidad sucederá?
Me siento impávido ante el tajante filo de la guadaña. No temo a la muerte, pues la he encarado en la UCI. La he mirado fijamente cuando el cuerpo de mi madre estaba ambarino, deformado y repleto de yagas sobre aquella camilla. He olido su pestilente aliento cuando la vida abandonó su cuerpo y su piel paso de ser amarilla a gris clara en tan solo un suspiro. He conversado con ella cuando desperté en la cama en la siguiente madrugada y mi padre, ido e irreconocible, quería ir al hospital a ver a mi madre, ya fallecida. Rodando ruedan mis pensamientos para llegar a la conclusión de que aquella mañana, fresca en el pasado, fue la peor de mi vida.
Las nubes se alborotan. No puedo hacer otra cosa que avanzar por la carretera.
En noviembre estoy trabajando sin contrato.
Empieza a chispear. Me pongo la capucha del abrigo y agarro con fuerza el manillar para pedalear más y más y más.
He ido al INEM. Solo tengo 350 euros de paro durante cuatro meses.
Llueve con fuerza y el viento me lanza gotas a la cara. Mi mundo parece desmoronarse.
En diciembre cobrare 350 euros para todo el mes.
Atravieso un charco. La rueda parece hendir con un pronunciado surco su superficie. El agua me salpica las zapatillas de deporte. Tomo una cuesta y el cambio de marchas falla y chasquea tan violentamente que casi me tira de la bicicleta.
Hasta mediados de enero estaré cobrando esa basura.
Tengo que pagar el seguro, la ITV…
Finalmente, la cadena de la dichosa bicicleta se sale. Me detengo y subo a la acera mojada. El agua fluye por los baldosines como si fuese una cascada y mis pies se calan, semejantes a presas inútiles e incapaces de contener la corriente.
…comida, agua, internet, móvil, gasolina, luz, fianza y entrada del nuevo piso… ¡Para qué cojones se bajaría aquel condenado mono del árbol!
Tengo que cambiar de nombre el coche de mi hermana y pagárselo, pero al final, van a arreglarme el Peugeot, así que la partida no me ha salido como pensaba. Tenía tan buenas cartas que iba a jugármelo todo, pero no, siempre reservo algo de fuerzas, un atisbo de energía que vuelve a crecer, como en el monopoly cuando se guardan “los ahorrillos” bajo el tablero. No creo que haya nada que ahora pueda detenerme, ni charcos, ni viento, ni lluvia, ni copos de nieve del tamaño de menhires, ni el mismísimo Obelix con su calzón a rayas azules y blancas.
La muerte de mi madre me ha hecho más fuerte, como si hubiese caído en la caldera de pócima de fuerza. La cicatriz nunca se borrará, pero, de alguna manera, estoy más sereno, como si pudiese atravesar con mi mirada toda la pútrida y superficial hipocresía de este jodido mundo tan falso y acomodado. Si antes ya era así, todo esto lo ha potenciado, y tengo una explicación bastante clara: ella era una mujer verdaderamente auténtica, sencilla y buena. Con su ausencia, estas tres características se han elevado en mí, parecido a tomar el relevo en una carrera.
Llueve con más fuerza. Casi no veo. Llevo las manos mojadas. El tráfico es denso. Hay decenas de coches con decenas de homínidos al volante. Bípedos gordos, con la raya en medio, engominados, con permanente, despeinados, graníticos, con palominos en los calzoncillos, greñudos, feos, sin calzoncillos, delgados, narigudos, mofletudos, calvos, con las uñas de los pies largas y curvadas, barbudos, moteados, bizcos, canosos, casposos, verrugosos, odiosos, adorables, sanos, depilados, sazonados, empapados en sudor, empalados, entumecidos, chorreantes, tísicos, nalgudos, enanos, lanudos, encorvados, chupópteros, plastificados, amargados, felices, pícaros, toxicómanos, cínicos, coherentes, deprimidos, maleducados, crueles, gigantes, bondadosos, desaliñados, barbilampiños, aliñados con fluidos anales, costrosos, con tarzanetes colgantes en los pelos del ojaldre y “cacumen” entre los dedos de los pies y las orejas… pero todos tienen algo en común: están bien calentitos en sus vehículos y les importa una mierda ese payaso que va en bici mojándose como un cabrón; es más, les incomoda tener que detenerse detrás de él diez segundos para poder adelantarle en un acelerón que denota, posiblemente, prepotencia y falta de humanidad.
Pues ese payaso de la bici soy yo, y pienso en todos vosotros, en como reventáis el silencio con el sonido de vuestros motores, en la facilidad que tenéis para joder, si no fuese por la lluvia, un bonito y tranquilo paseo en bici con vuestros acelerones, embestidas, bocinazos, volantazos, gritos-graznidos-berridos, derrapes e improperios e general, que sentados en el coche os creéis Dioses y en realidad no soy capaces de contener ni vuestro propio orín. Éste sería un momento apropiado para caerme de la bici y que me arroyarais. Así terminaría todo. ¿Alguien echaría de menos a alguien como yo? Pues no. El mundo seguiría girando a la misma velocidad y todos vosotros continuaríais vuestro camino como si nada. Es una lección que ya tengo bien aprendida.
En la acera, mojado de arriba a abajo, meto los dedos entre los piñones del cambio de marchas y consigo recolocar la cadena. Con las manos oscuras por la grasa, me subo de nuevo en la bici y vuelvo al trayecto. Hay que continuar hacía delante, pase lo que pase, sin mirar hacia atrás. Eso mismo hago. Eso llevo haciendo toda mi vida.
Empieza la jornada laboral. Vendo. Escribo entre conversación y conversación. Escondo estos archivos en el ordenador, renombrándolos con nombres de fabricantes de estufas: “Lasian”, “Ecoforest”. La casera me manda un mensaje para que le ingrese la mensualidad. Le digo que no, que se quede con la fianza. ¿Y el agua y la luz? Me pregunta. Cuando me mandes las putas facturas te pagare… debe de ser bastante corta de mente y todavía debe de pensar que yo soy como ella cuando me conoció. Ni de lejos. Tengo tanta mierda preparada para ti que asusta. Ganas de denunciarte (y a la inmobiliaria) no me faltan. Tengo que salir de la catacumba, la odio. Solo me quedan 25 días. Ya estoy mirando pisos.
¿Debo de dejar de ser bueno para que se porten bien conmigo? ¿Por qué me tienen que poner tantas murallas en camino? ¿Existe algún recoveco para mi felicidad en esta sociedad? Seguro que logro sobrevivir. Lo único que puede pararme es la muerte, si se atreve, si me dejo atrapar, si yo no la mato a ella antes.
EN CONSTRUCCIÓN, PERDONEN LAS MOLESTIAS
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