Hay una caravana lenta e inacabable,demencial. Son las 8:45 de la mañana y Madrid parece un hervidero desordenado de taxis, coches, motos y autobuses.
Al despertar a las 8:10, pensé en que las calles todavía estarían pernoctando, sin servicio para los humanos, acurrucadas,como amontonadas en el lugar en donde las carreteras duermen.
Pero no, me había equivocado, de cabo a rabo. A las 8.30, tras tomar café y salir al exterior sintiéndome endeble por haber descansado un número de horas tacaño, insuficiente, compruebo que todo esta vivo, como si nada ni nadie hubiese dormido. Los niños corren en manadas al los colegios. Los coches abandonan los garajes y rugen por las vías de cemento. Las motos cantan sus melodías ensordecedoras. Los taxis se deslizan ágilmente para recoger a los clientes más madrugadores. Las furgonetas aparentan estar ávidas, abriendo sus puertas traseras para empezar con la faena matutina. Las farolas, desveladas con los primeros rayos de luz, todavía palpitan en las aceras. Los corpulentos autobuses azules se detienen en las paradas como si llevaran toda la noche así, transportando humanos de pupilas dilatadas.
La actividad es incesante, y yo estoy en mitad de ella, formando una porción de su maquinismo frenético, al volante, medio sonámbulo, nervioso, porque he recorrido 100 metros en cinco minutos.
Empiezo a tener claro, cristalino, diáfano,que no voy a llegar a la cita del paro. Tengo el numero 8B. Me tocará,aproximadamente, este o no este presente, a las 9 de la mañana.
En situaciones normales, podría ir de mi casa al INEM en diez minutos, pero ésta parece ser anormal. Me he confiado demasiado y he ajustado excesivamente mi actividad al tiempo, algo que suele sucederme a menudo.
Aquí estoy, detenido entre la corriente de automóviles. Empiezo a desesperarme. Miro el reloj del coche una y otra vez.Las canciones de siempre salen del mp3 para ser ignoradas por mis oídos. Tengo todos los sentidos puestos en la carretera. Avanzo diez metros y paro otra vez. Son las 8:50. La rotonda de la M40 se acerca, pausadamente, como si fuera un húmedo oasis para los deshidratados viajeros de un desierto agorafóbico.
Otros dos minutos más. Las 8:52 y cien metros menos que recorrer.
Alcanzo la rotonda, pero no puedo entrar en ella. Un círculo vicioso de coches la ocupa, pitando y apretándose entre ellos. Espero y espero. A la menor oportunidad, meto el morro y me introduzco en el tránsito orbicular. Tres minutos más para salir de la dichosa rotonda. Son las 8:57. No llego a tiempo.
A las 9:15 paso por delante de la explanada en donde, al fondo, esta el INEM de Pavones. Doy un par de vueltas y no hay ningún aparcamiento vacío. Estoy en una pesadilla terrorífica. Me duele el brazo.
Aparco el coche a las 9:20 en un llano de tierra. Me bajo y salgo corriendo. La mochila me cuelga de los hombros, dándome golpes con las zancadas y ralentizando mi carrera. Aunque he perdido la esperanza, agarro las dos bandas y presiono la carga contra mi espalda. Acelero el ritmo.
Por fin, llego al maldito INEM. Es impresionante. Son las 9:25 de la mañana y hay una cola de proporciones desmedidas. Empieza dentro del edificio, atraviesa la salida de la derecha y continúa por el jardín, bordeando un seto que se va alejando del edificio. Es interminable, colosal.
Al tener cita, cruzo la puerta de la izquierda y entro en una sala vasta. Analizo los paneles electrónicos y tardo cinco segundos en localizar el número al que están llamando: 25B. Como decía, es tarde, muy tarde. Al menos, lo he intentado.
Me enfado e intento justificarme. Odio que el factor humano me haga llegar a deshora. Me monto en el coche y vuelvo por donde he venido. Ahora,irónicamente, las carreteras están vacías. La hora punta ha pasado.
Conduzco de vuelta y veo que el Sol ha subido bastante, como si tuviese prisa en desaparecer, hastiado de ofrecer su calor a la egoísta especie humana. Cuando estoy enfadado pienso que todo es negativo.
Subo a casa. Estoy cansado y el sueño me cierra los párpados. Por suerte, seguiré de baja mucho tiempo, así que lo único que tengo que hacer es pedir otra cita para el odioso INEM. Supongo que me la darán dentro de veinte días. Eso, como mínimo.
Cierro todas las persianas de mi casa,acaricio al gato y me escurro suavemente entre las sabanas. Aíslo mis ojos en la oscuridad y siento que el felino esta a mi lado, ronroneando, prestándome su cuerpo para que lo oville junto al mío. Su presencia me tranquiliza. El sentimiento es reciproco.
Es hora de dormir un poco más, como si el viaje al INEM nunca hubiese existido.
Silencio en la habitación. Ya no estoy en Madrid. Ahora deambulo por mi mundo onírico, en donde no existen las prisas, en donde puedo controlarlo todo. La carretera se aleja solitaria hacía un IMEN que se muestra desocupado, innecesario.
EN CONSTRUCCIÓN, PERDONEN LAS MOLESTIAS
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