Su pelo es como un suave cielo nublado de cirros resbaladizos que se mueve con gracia y elegancia. No en vano, tocarlo es similar a arrullar la bóveda celestial, pasando los dedos por entre sus rizos como si con las nubes a mi antojo pudiese jugar.
Si, es ella, la misma que he nombrado una y otra vez por entre estas paginas, año tras año, día a día, silenciosamente, como si fuese un secreto constante y omitido al que solo mirar desde la lejanía me estaba permitido, deseándola con un anhelo tan poderoso como la mismísima fuerza de la gravedad.
Esa gravedad de la que hablo, siempre atrayéndome hacía a ella, ahora me mantiene pegado a su cuerpo de sinuosos valles y bellas colinas.
Ese anhelo al que me refiero, fruto maduro de forjar el largo paso del tiempo con una afluencia infinita de sonrisas, enmudecimientos y conversaciones.
Ausencia de palabras que no pueden cumplir su cometido.
Impotencia de un corazón que ha vibrado y detonado para deshacerse y recomponerse una y mil veces.
Pasos huidizos que se acercan para marcharse.
Acongoja y parálisis.
Sigilo de gestos que van coordinados.
Reposo de un alma que siempre la ha orbitado de manera elíptica, acercándose y alejándose con parsimonia o premura.
La gravedad, habida por la atracción mutua, ha terminado lanzándome inevitablemente contra la superficie de su ser para trocearme en pedazos evocadores de paz y gratitud. Esa fuerza estuvo ahí desde el primer momento, inherente a la química con la que untamos las yemas de nuestros dedos, diluida en el respeto mutuo que solo la amistad duradera puede concebir, poderosa durante nuestros encuentros, fortuitos o no, y fragmentada a lo largo de las inevitables separaciones.
Abrázame, abrázame fuerte, róbame ahora cada aliento como antes hacías solo con colmar de risas las cuerdas del viento, apriétame en la cárcel de tus brazos y sella la puerta con el sedoso umbral de las suaves palmas de tus expresivas manos, roza mi piel y manosea mi cuerpo como si esta noche yo fuese un regalo para ti, porque así lo soy.
¡Abrázame! Abrázame con el zumbido de una libélula solitaria que llora en silencio. Bésame como si me besaras por primera y última vez. Tócame, repica tus dedos en mi piel con la lentitud propia del vaivén de las mareas. Contémplame como si acabaras de despertar en un planeta que circunda tres estrellas fulminantes. Tanto tiempo para este abrazo, una sucesión eterna e interminable de amaneceres y atardeceres en donde siempre has estado silbando una melodía tan fina y hermosa como la rasgadura de tus lozanos ojos. Esta noche no hay luna llena de luz y ni falta que hace, pues esta repleta de nuestras siluetas unidas. Esta madrugada, por fin, es nuestra madrugada. Vacíos y llenos nos mecemos en la oscuridad que existe entre las farolas.
Puedo ser pequeño, pero ahora soy un gigante de sonrisas desproporcionadas, como tu grácil sombra proyectada entre estas paredes colosales que se alzan a nuestro alrededor. Aquí y ahora, todo se ha desintegrado, lo corporal o espiritual, el tiempo, con su pasado, presente y futuro. Aquí y ahora, solo tengo palabras para describir tus atributos.
Llega el momento de enfrentarme a tu boca, nada fácil de describir con sencillas palabras. Esos labios carnosos que parecen gritarle a la naturaleza que son su mayor y más perfecta creación. Esa superficie sedosa por la que temo caer para nunca jamás reaparecer. Esa forma, esa hechura de curvas que cautiva y doma mi mirada hasta llevarla a ensoñaciones oníricas de las que no hablo con nadie, pues prefiero guardarlas para mí. Esa dimensión celestial creada solo para la imaginación.
Tu boca, en definitiva, es extra terrestre, de otro mundo, solo concebida para ti y para nadie más. Por eso mismo, nunca podría vencerla en un duelo de palabras. Oda a tu boca.
El arte de tu elocuente mirada, desde sus rasgadas e hipnotizantes orbitas, que solo hace hablarme de tu desmesurada bondad, inteligencia y profusa profundidad, en donde no hay oscuridad, si no luz, como si, ocultos tras tus ojos, resplandecieran dos descomunales soles candentes capaces de calentar todos los recovecos del cosmos. Desconozco el porqué, pero tus ojos son la mayor de mis debilidades.
Tu cuello, un imán para mis besos perdidos o encontrados. Un afán para mis aullidos o gemidos aislados. Un vicio inconfensable que ansío. Más o menos, eso es tu cuello.
Tus largas y blancas piernas agitándose en el vacío, la prolongación de dos péndulos perfectamente simétricos en forma y longitud que marcan el ritmo de este encuentro tardío.
La gracia de tus pechos divinos, simétricos, de tamaño y resplandor áureo, por donde escarcha el vino que me enloquece y embriaga.
Tus pies y mis dedos ovillados en sus concavidades. Tus dos pies, en donde te apoyas, acunados en mis manos para darte un impulso.
Tus manos adulando mi pelo. Tus generosos lunares, dispersos sobre tu piel, como si fuesen azarosos oasis de agua que florecen en los desiertos. Es posible que algún día llegue a contarte todos y cada uno de ellos.
Tu simpatía, tu naturalidad, tu forma de ser, todos esos detalles que para mí no pasan desapercibidos y que te hacen única.
Y por último, esta tu libertad, siempre escoltada por tu independencia, la que te ganas cada día con el sudor de tu frente. Ambas han de alzarse por encima de todo lo demás, y quien pretenda lo contrario, robándolas o socavándolas, nunca será merecedor de tu alegre y constructiva compañía. Llegó la hora de desnudarme por completo, dejando hecha jirones esta ropa que tanto tiempo lleva oprimiéndome el pecho para así mirar hacía el siguiente crepúsculo anaranjado con la hermosa y singular sensación de sentir que todo el amor se me ha venido de golpe. No me importa confesártelo o gritarlo al mundo, ya no tengo miedo. Si no lo hago ahora, no podría dormir, y si no pudiese dormir, sería incapaz de soñar contigo.
Realidad o sueño, me pierdo en el sabor tus labios y las agujas del reloj quedan adheridas e inmóviles, aturdidas por una tromba de sentimientos que escapa volando por la ventana para hacer titilar a las estrellas con pulsos más acelerados, semejante al fluir de mi sangre por mis venas. Palpita mi corazón como si fuese éste a horcajadas de un caballo que trota relampagueante y desbocado. Se eriza mi piel contra la tuya. Se vuelven mis dedos tus dedos y mi voz emite coros ensordecedores y hálitos de perla, al ser tú la canción que más he cultivado sin poder nunca aprenderla.
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