Veo un anciano en el metro
dentro del vagón
sentado en una esquina
acurrucado en su dolor.
Contaría más de ochenta
primaveras de vivencias:
parece consumido
arrugado, encorvado
secando sus mocos y babas
en un pañuelo usado.
Mientras tanto, al otro lado
un bebe llora y se lamenta
gritándole a la vida
que ha nacido sano;
el anciano lo contempla
desde sus ojos quebrados.
Entre parada y parada
entre traqueteos mundanos
el anciano parece ausente
cansado bajo sus caídos
parpados desvencijados.
Del carrito del niño
sobresale un biberón;
en el asiento del viejo
queda apoyada una muleta.
Los ojos del anciano
cuan profundos son
hundidos en las cuencas
por el tiempo y la experiencia.
Las manos del bebe
cuan diminutas son
pueriles de no usarse
sin tiempo ni vivencia.
Ni el anciano ni él bebe
tienen pelo en este tren:
la naturaleza al primero
ya se lo ha quitado
el tiempo al segundo
aun no se lo ha dado.
Enjuto anciano, cuéntame:
¿Que llevas en esa caja
que se alza a tus pies?
¿Dónde vas a estas horas
solo y asustado?
Inocente bebe, escúchame:
cuando crezcas lo debido
aprovecha el tiempo
que te ha sido concedido.
Dispuesta a mi alrededor
mezclada en los sollozos
la gente se habla
se mira, se besa
pero nadie entiende
la magia del secreto:
blancos o morenos
gordos o delgados
altos o bajos
jóvenes o ancianos
todos formamos
la misma cosa o realidad
yendo y viniendo
del mismo lugar.
El vagón de la vida
continua su trayecto
hasta el siguiente anden:
él del anciano harapiento.
Naturaleza, sabia y cruel
que todo lo das
y todo lo quitas:
gracias por permitirme
subir a este tren.
"Dedicado a un anciano que parecía estar
pasándolo mal en el metro, sin saber bien
en donde estaba o a donde iba, e ignorado
por todos los del vagón"
Crack (01/08/13): ... no tardamos ni cinco minutos en irnos al agua. Me ducho y me tiro de cabeza. Es un gran placer bucear bajo el frescor que proporciona este líquido tan vital para nosotros. Lucia esta chapoteando, David nos hace ahogadillas y Elena más de lo mismo. Es cuando esta última nos pica para que nosotros, los tocayos, echemos una carrera a croll. Nos orientamos hacia el ancho de la piscina. Elena cuenta hasta tres y nos impulsamos con virilidad en el bordillo para cruzar la ida de la competición casera. Vamos rápido, con brazadas potentes que lanzan bastante agua hacia la superficie. Cuando llegamos al otro bordillo, miro a mi izquierda un segundo y veo que estamos empate. Sin detenerme ni pensarlo, turbado por la carrera, saco el brazo derecho del agua, toco el bordillo y giro el cuerpo para propulsarme con las piernas. Es cuando sucede lo que nunca hubiera imaginado. ¡CRACK! Y un dolor indescriptible se apodera de mí. Me detengo en el acto chillando y me mante...
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