Una ráfaga de viento se coló entre la multitud y transformó a las salchichas de a pie en longanizas voladoras.
Eran dos choricillos, dos presas cilíndricas y grasientas que descansaban sobre el plato del vecino.
Cuando el viento dio el latigazo, las dos butifarras saltaron en el aire y fueron a parar hasta la manga de mi abrigo, chocando contra esta y dejando difuminadas sus siluetas en forma de grasa. Dispersas, acabaron su rebelión rodando por la barra metálica, en donde se dispensaba la comida y la cerveza.
El vecino y futuro dueño, pues todavía no las había pagado, quedose un tanto emocionado, mezcla de sorpresa y decepción, cara de depredador al que se le escapa el botín que le gana en carrera.
En un gesto rápido, no obstante tardío, reaccionó el hambriento, giró la cara y observó la estampa, ya sin movimiento. Acto seguido, precipitose para sujetar las dos salchichas, una con la diestra y otra con la zurda, tomándolas delicadamente entre sus dedos y separándolas de la suciedad de la mugrienta barra. Gran invento el pulgar oponible…
Así, con esta pose algo ridícula, dirigiose a mí y pidiome perdón, como si él fuera el culpable de lo sucedido.
Entre risas, no pude hacer otra cosa que responderle lo siguiente:
- No se preocupe, el viento es así. Nada puede hacerse y las manchas, tras pegarse, se limpian sin enajenarse.
Tras lo sucedido, caminé distraído por el barrio de San Roque. La avenida y las calles adyacentes eran recorridas por cientos de personas ataviadas con trajes de todas las formas y colores posibles. Las comparsas, danzando, ocupaban las carreteras y llenaban el ambiente con el tronar de sus tambores. Entre calle y calle, como colosos negruzcos, había escenarios con distintos artistas.
Era martes cuatro de marzo, y todo el carnaval de Badajoz confluía en esta ceremonia: el entierro de la sardina.
Tradición, historia y olor, ese aroma embriagador de cada metro cúbico a sardinas asadas que, sin ningún consentimiento, asedia las fosas nasales, penetra en ellas y desencadena una batalla marítima entre las glándulas salivares.
Chatos de vino de Dionisio, cerveza dorada, panceta humeante y el blanco y tierno pan, todo rodeado por llamas que simbolizan el entierro del pasado y el resurgir de una nueva sociedad, algo que, a día de hoy, resulta muy necesario.
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