Es temprano y la civilización humana ya ha arrancado el motor y esta en marcha, a "110" por la carretera. La gente, transportando papeles y más papeles en sus manos, sube las escaleras del edificio y penetra en la estructura con aire mañanero.
Me miren o no, estoy aquí, como cada mañana. Hoy es el primer día de primavera y empiezo a notar el calor que pronto traerá el verano. Apenas 23 grados y medio de inclinación y todo es diferente.
Pasan los minutos y la mochila me cuelga de la espalda. Llevo una carpeta negra debajo del brazo derecho y el bolígrafo azul continúa esperando para ser usado. Observo el caminar de las personas, su aspecto, sus peinados o complementos, su acento al hablar. Cuento las veces que los funcionarios salen a fumar, y llego a la conclusión de que están más tiempo chupando de sus cigarrillos que trabajando. Saludo a conocidos y hablo con varios de ellos. Así, inmerso en la mezcla que forman las imágenes que mis ojos extraen del mundo y mis propios pensamientos almacenados en la mente, transcurren los segundos y las horas.
El cenicero de la delegación del gobierno es como una cabina telefónica que a veces contiene monedas olvidadas en la ranura. Las monedas son las colillas. Muchos transeúntes, cuya situación debe de ser más bien precaria, se acercan a esté y recogen todo lo que pueden, sobre todo, las chustas sobrantes que todavía contienen el tan preciado tabaco. Algunos de los benefactores visten bien, pues como es sabido, no es oro todo lo que reluce.
Bajo los tres peldaños hasta la calle y oteo, concentrado como un águila que enfila desde el cielo la autovía en busca de carroña muerta por atropellos, a los paseantes en busca de posibles clientes para vender el producto que ofrezco. Como esté va orientado hacia personas extranjeras, reconozco de inmediato la nacionalidad de cada posible cliente: Cuba, México, Rumania, Portugal, Chile, Colombia, Argentina, Marruecos… si por la visión no lo logro, me acerco para escuchar el acento.
Abordo a la gente como un tiburón ataca a los bañistas: con naturalidad y decisión. Hay días que vendo más y días que vendo menos. La vida del vendedor es así: alegre y triste, templada, con la moral arriba y abajo.
A media mañana, desayuno en la terraza de un bar cercano. De cara al Sol y con una tostada a mano, saboreo el café que entra por la garganta y cae pesadamente para calentar mi estomago. Me fumo un cigarro y ojeo el periódico para darme cuenta de que todo sigue igual, de que este mundo que hemos creado se va a pique. Todo es un ciclo de destrucción-construcción. Hasta que el ser humano no comprenda que es él el que tiene que adaptarse a la naturaleza, y no al revés, la situación empeorara. Opino que, además, ya es tarde para salvar a nuestra especie, el mayor tesoro evolutivo creado por la biología, pues hemos cruzado el punto extintivo de no retorno. A todos, el egoísmo nos retuerce por dentro, porque pensamos que nosotros no estaremos aquí para cuando el cataclismo mate a doce mil millones de humanos, pero: ¿Qué hay de nuestros hijos? ¿Es que ellos no tienen derecho a disfrutar de una Tierra digna? Muchas veces, leyendo el periódico, pierdo el control del flujo de mis pensamientos y divago hasta situaciones muy pesimistas, y eso que, normalmente, suelo ser más que optimista.
Vuelvo a la delegación del gobierno y continúo con mi quehacer. Mañana regresare aquí, y pasado mañana, también. No me esfuerzo demasiado, voy perdiendo la ilusión que me caracteriza, porque se que pronto me echaran de este trabajo. Es cuestión de días. Efectivamente, pensando esto y con la mirada perdida en la calle, me llega un mensaje al móvil de empresa: el jefe me dice que venda más o que en tres días estaré fuera de le empresa… que novedad, si yo amo al INEM. Es imposible vender más, pero lo intento. La crisis es económica, pero también existencial.
Cierro los ojos por un instante, y sobre mi mente se forma una nube oscura y relampagueante. Es la representación del futuro que nos ha tocado mamar, un futuro gris con gente preparada que no encuentra un jodido trabajo digno o que, al menos, nos llene, nos haga sentir bien. No podemos hacer planes, emanciparnos. Estamos inmóviles, encadenados por unas esposas invisible, pero más duras que el acero. Todo es un puto asco y nadie tiene la culpa, pero la culpa esta ahí, burlándose con muecas deformadas por la ironía. Pesadumbre, solo siento pesadumbre.
El cenicero de la delegación del gobierno es una metáfora de la sociedad actual: muchos arrojan colillas que otros recogen, y los que estamos ahogados, de “trabajo” en “trabajo” e intentando sobrevivir, somos las mismas chustas arrugadas y consumidas que asoman por entre la arenilla.
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